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EMOCIONES COFINADAS

Por. Valentín Rodil Gavala

Psicólogo, Teólogo, Master en duelo y Master en Orientación educativa. DECA

 “Se ha muerto de pena”, me dijo mi amigo. Pusieron en la autopsia que era “muerte natural” resumiendo, con estas dos palabras, un tanto injustamente, lo que encierra todo un proceso de desgaste inadvertido. “Antes de este confinamiento su vida era llevar a sus nietos al colegio. Sin esa actividad, su vida se volvió confusa, vacía y llena de angustia: tenía miedo a todo, miedo a que “nada” fuera igual de nuevo”. El abuelo murió de pena y angustia. Es otra manera de ser víctima del COVID en sentido amplio o quizá de morir víctima del confinamiento.

Las cifras no reflejan en realidad las víctimas de la pandemia, porque no incluyen las que vienen como consecuencias de nuestra forma de haberla afrontado. Las víctimas del COVID se están contando en una confusa batalla de números que no reflejan, según se dice, ni siquiera todas las muertes, cuánto menos aún estas muertes naturales. Ya hace varias semanas que llamaba la atención sobre los muchos otros duelos devenidos de esta crisis y de la que se teme que venga después. Quizás no hemos insistido suficientemente en el duelo por uno mismo, por la vida que llevaba. Estremece oír el temblor de voz de unos niños que se conforman, pero no se adaptan a lo que se llama “nueva normalidad”.

Son otras las muertes y por otras causas, incluso por suicidio, del que poco se está hablando hoy día, pero tienen relación íntima e intensa con las consecuencias que muchas personas viven desde que comenzó un confinamiento muy extremo, justificado desde un ambiente de estar en guerra, según se nos dijo varias veces desde la televisión.

Hay mucha pena, y no hay psicólogos para contenerla porque su tarea no es esa. La pena, nuestra pena, nos ayuda a convencernos de que no, de que lo que vivimos no nos gusta, y es un buen invento divino sentirla para no normalizar fácilmente la ausencia y la pérdida como si pudiéramos pasar página y estar en otra pantalla, sin más. Hay muchas personas apenadas necesitadas de comprensión y de acompañamiento en estos días que no funcionan de este modo.

Hay otras personas que sufren y mueren alrededor del COVID; no directamente por el virus, sino por la forma de afrontarlo y de hablar de ello que nuestra sociedad elige. Muchos viven con miedo atroz. Cómo no vamos a tener miedo si se nos ha trasladado a un ambiente de guerra y, además, muchos de los que hablan del virus lo han revestido de cualidades humanas que lo describen con matices amenazantes y con voluntad de dañar. Hablo estos días con tantas personas atenazadas por el miedo, a las que se les habló de un virus “que se esconde”, “que invade, que muta y que sobrevive varios días en el medio”.

Algunas personas me confiesan, entre lágrimas de vergüenza y alivio por poder expresar sus ideas más ridículas, que lo perciben así: como una invasión extraterrestre de las que veíamos en las películas malas de los 80 como “La invasión de los Ultracuerpos”.

En realidad, ya hablábamos así del cáncer del que siempre se dijo que era “insidioso”, otra cualidad humana. Recuerdo ahora los tiempos de SIDA en los pisos de Cáritas, y a Nines diciendo que tenía los pulmones llenos de okupas y cómo hablábamos de “el bicho”. En esta pandemia también hemos hablado de ese bicho que parece que nos atrapará si salimos de casa.

Por tanto, es comprensible que hayamos hablado de una guerra contra un enemigo mundial que mutaba, y que de este modo hayamos despertado sin querer los fantasmas de muchas personas, no solo de los niños.

También es posible que elegir la metáfora de la guerra resulte útil para descargar responsabilidades en la gestión de la crisis, pero que ello tenga consecuencias nada deseables en la manera y en los sentimientos con los que se puede enfocar el presente y, sobre todo, el futuro. La guerra contra un enemigo invisible despierta pesadillas en muchas personas con las que hablo estos días.

Sin que yo quiera llamarlo de ninguna manera especial, aunque resulte atractivo etiquetarlo de “Síndrome de la Cabaña”, encuentro personas realmente atascadas en su proceso vital porque no saben bien qué esperar ni qué temer, y creo que además no terminan de fiarse de unos expertos que, revestidos de autoridad, cambian de opinión con mucha frecuencia. Así quizá desconciertan y el miedo emerge en nosotros y nos zarandea. Un viento helado que recorre el cuerpo paralizando el presente, sin duda, y tiñendo de oscuro el futuro.

Para muchas personas, antes de estar confinadas, las estrategias de afrontamiento de los miedos eran curiosamente de evitación: distraerle cuando venía. Al fin y al cabo, eso es lo que obra la medicación: un poco de distracción para un interior agobiado. Además de este tipo de parches, salir, despejarse, poder ver otras personas era un modo de escapar de un secuestro emocional complicado de soportar con frecuencia.

Durante el confinamiento, muchas personas se han visto inermes ante sus propios fantasmas y ante sus formas de defenderse hasta hoy. De repente, no podían salir a buscar aire cuando el confinamiento las enfrentó llenas de impotencia con terrores infantiles o actuales, y las llevó a vivirlos con impotencia y soledad, o con experiencias de abuso o maltrato enterradas en lo más profundo de la alfombra protectora del olvido.

El lenguaje nos traiciona de nuevo como cuando atribuimos al virus propiedades de invasor en el momento que hablamos de guerra o “estado de alarma” porque el miedo se convierte en algo gigante y nada amigo, en una visita incómoda, muy incómoda para muchos.

Sn embargo, el miedo, como la pena, como la rabia, de la que hablaremos a continuación, son “amigos”, son reacciones nuestras. Un compañero me enseñó una vez a ver el miedo como un loro parloteante que repite con intensidad unos mensajes que el cuerpo necesita percibir para ponerse en “estado de alarma” y atender a un peligro. Aunque, a veces, no nos resulte fácil leer su lenguaje, porque no siempre tememos lo que tenemos delante sino que, a menudo, arrastramos miedos antiguos, muy antiguos. A veces el loro repite mensajes que no son de ahora.

Es imposible que un “estado de alarma” no genere sensaciones en el sistema límbico que activen la amígdala y que, dicho de una manera simple, nos prepare con todos los sentidos alerta para la batalla. Es muy difícil reaccionar de manera diferente, porque estamos fabricados biológicamente para prepararnos y responder sea huyendo, sea atacando, sea bloqueándonos. En el camino de afrontar el peligro, las emociones son la mejor linterna y la razón la brújula que nos marca el norte.

De primeras, un estado de alarma corporal nos hará disponernos para la protección; las reacciones de miedo nos sirven mientras evaluamos si sabemos hacer frente al peligro. Cuando el estado de alarma se prolonga tendemos a resistir, pero si se prolonga demasiado lo normal es entrar en agotamiento; por eso quizá hay emociones que nos avisan de que el sistema está en peligro y entramos en ebullición e indignación como un modo de no dejarnos derrotar. Un estado de alarma muy prolongado puede llevarnos a una rabia desbocada que no hace reunir las fuerzas que nos quedan para tratar de terminar con la amenaza.

Estos días he recibido distintos mensajes de amigos que me reprochaban de alguna manera mi momento sostenido de enfado. No se entendía, o quizá no se esperaba en mí, o se veía que era exagerado, rayano en lo obsesivo, y se me invitaba a cambiar de actitud dado que decían que mi rabia se desplazaba en la dirección equivocada. “Estando en una pandemia no conviene reprochar a los gobernantes porque el enemigo es otro, es un virus que nos invade y nadie sabe qué se debe hacer”. Esto me decían y aún me dicen. Mientras, mi razón ve cómo se intenta desplazar responsabilidades a herencias pasadas, una excusa que yo recuerdo que le achacaban a un gallego afamado en nuestro país.

Sería hora de reconciliarnos con la rabia, porque es nuestra y también es una emoción útil que nos mueve a reunir nuestras energías gastadas para defendernos de forma activa contra lo que estimamos enemigo; es una consecuencia de vivir un estado de alerta tan extremo que amenaza por sumirnos en la impotencia. La rabia es el testigo de que no queremos dejarnos dormir o sumirnos en el bloqueo. Somos nosotros, es toda nuestra persona la que luego define objetivos y es nuestra razón la que puede convertir la rabia en creación y germinar en algo nuevo que nos haga salir del atasco.

Cuando acompañamos psicológicamente a personas a las que la vida les ha dado razones para encenderse de rabia solemos dejar que la expresen, que la “saquen” según decimos, y cuidamos de ayudar a que baje porque la rabia es signo de la necesidad de ser entendido y nada aviva más su fuego que comprobar que quien dice querernos ayudar o actuar por nuestro bien, no hace esfuerzos por entendernos como personas adultas con razones, emociones, valores e historia. Nada nos enardece más que percibir en otro falta de empatía por nosotros.

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