Boletín Jurídico 1
19 octubre, 2018

Ana Leonor Muñoz de Herrera

El ADN de mi SER funerario, pasado, presente y futuro de la más bella profesión

Esta historia empieza con mi madre Ana Leonor Muñoz de Herrera, bogotana, modelo 33, hija de Segismundo y Bernarda Cuervo; estudió hasta tercer año de bachillerato en Cali.

Sus tíos Carlos y Bernardo Muñoz, funerarios de Bogotá en las décadas del 30 y 40, migran con su negocio a la capital del Valle del Cauca y comienzan su labor, igual que mi abuelo Segismundo Muñoz dueño de Funeraria Cali, abriendo la Funeraria Carlos Muñoz. Mi madre, después de dejar sus estudios por temas de salud, asume la responsabilidad de administrar una sede de Funeraria Cali en la zona del barrio San Fernando, al lado del Hospital Departamental, corría el año de 1957.

Doce años después, el apellido Muñoz ya es reconocido en la comunidad por la calidad de los servicios funerarios, la atención que prestan a las familias en estos momentos de dolor, por los cortejos que incluía caballos percherones y carruajes importados, por el crecimiento de su negocio. Es en esta coyuntura, durante 1969, cuando contrae nupcias con mi padre, José Omar Herrera García, también funerario, y dan vida a un nuevo emprendimiento llamado Funeraria del Valle que nació en 1970, apoyados con la infraestructura del “abuelo” –carros, equipos de velación para residencia, en aquella época no existían las salas de velación- y empieza mi madre su segunda carrera, esta vez al lado de su esposo, a quien hago mi reconocimiento público; mi padre fue un hombre maravilloso, incansable, trabajador y dedicado de quien aprendí el oficio que amo y que deseo heredar a mis hijos, no solo como un legado de tradición sino para verlo crecer y mejorar con el paso de las generaciones.

Funeraria del Valle se convirtió en su imperio, en su verdadero sueño, su propia ilusión, que para ella sigue siendo el motor y despertador de cada mañana, allí trabaja fiel a su convicción de recibir personalmente a los dolientes y atenderles de la mejor manera, asegura que en esos momentos la gente busca paz y debe ser atendida por gente “con corazón”.

Los primeros años de trabajo en Funeraria del Valle fueron agotadores porque además de cumplir con sus tareas laborales criaba los hijos, Juan Manuel y Diana Patricia. Su fuerte eran los números, era la encargada de llevar las cuentas. En ella se evidencia la capacidad que tienen las mujeres de hacer muchas cosas al mismo tiempo y salir triunfantes en todas, un mundo lleno de responsabilidades en el hogar y la oficina; la señora Leonor, mi madre, nos levantó, educó y enseñó mientras llevaba las riendas de la funeraria, todo en el mismo espacio, como hijos vivíamos el día a día de nuestros padres haciendo la tarea y la “tarea bien hecha”, como lo veíamos lo aprendíamos y, sin darnos cuenta, el mundo funerario fue entrando por las venas hasta llegar al tuétano, nuestra esencia.

Ella, con todo su poder, y Él –mi padre- con esas ganas, nos sacaron adelante, nos hicieron profesionales en la academia y emprendedores en la vida gracias a su ejemplo, nos mostraron el camino, su discurso era el de incursionar, el de ser independientes, el de hacer empresa. Mi mamá me ponía a atender las salas de velación y mi papá me pedía que le acompañara a los sepelios en la carroza, ellos sabían lo que querían para nosotros, para el futuro.

Mi generación

La historia se repite, estamos en 1999, ya tengo una compañera de vida y de camino, Liliana Monge; nuestra visión es fortalecer el nombre y la marca de la empresa que José Omar y Ana Leonor sembraron en marzo de 1970, una empresa DEL VALLE, nos llamamos FUNERALES DEL VALLE y como ya se volvió tradición nos apoyaron “los viejos” con la infraestructura, carros y equipos de velación, la historia se repite desde mi tío abuelo Carlos, el abuelo Segismundo… los Muñoz, los del ADN funerario; todos y cada uno ha sido pilar para el arranque de una nueva generación, pero eso sí mi madre ahí, pendiente de todo.

Mi papá, con el pasar del tiempo y con tantas horas de trabajo en la espalda, dejó el oficio de funerario, recompensado por la vida, por la historia y el reconocimiento de la dedicación al servicio; se hace a un lado y cuelga la bitácora, el mapa y su línea del tiempo para que los hijos y nietos la leamos. Mi mamá, la señora Leonorcita no ha visto aun su retiro, no ha dejado de trabajar un solo día, al intentar persuadirla para que descanse y se relaje, su respuesta fue “¿y es que vos querés que yo me muera de no hacer nada?”

Su mente, sus ganas y el deseo de seguir sirviendo a la gente no la detienen, sigue siendo el ejemplo que en hora buena ha copiado Diana Patricia que empieza su labor como funeraria en la sede de FUNERALES DEL VALLE Jamundí, desenvolverse en lo que sabemos hacer, en el legado familiar.

Con la muerte de mi padre, el 1 de mayo de 2016, la señora Leonor siguió administrando la sede del Templete donde seguramente estará hasta el momento que diga “ya no más, me voy” y nosotros nos preguntamos: ¿Para dónde? Y nos respondemos, para el cielo, el que se ha ganado. Pero mientras llega ese momento le decimos GRACIAS MADRE por tantos y lindos momentos, por su ADN funerario que nos transmitió, GRACIAS por tantos consejos y por enseñarnos a SER gente de bien y de servicio.

Por: Juan Manuel Herrera Muñoz

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